LA GRAN BELLEZA (2013)

Por Dani Arrébola

Cuando el caos se convierte en magia 


Paolo Sorrentino
es de esos cineastas que, o te enamoran, o huyes de sus obras -o de un modo más brusco podemos decir aquello de «o los tomas, o los dejas»-. Cuando se ha creado esta disyuntiva tan drástica en la opinión pública es que, por lo menos, en las películas de este director «pasan cosas» que ya es mucho. Seguramente, el público que disfruta más de su cine es aquel que, sentado en la butaca, respira libre de prejuicios y casi sin querer saber nada de lo que se dispone a ver. Ese público será el que algunas veces quede defraudado con el resultado, como podría ser por ejemplo en Un lugar donde quedarse (2011), pero también el que -en una mayoría de casos- salga de la sala abrigado por unas sensaciones exclusivas y tan solo perceptibles en estas obras sui generis. Y en este último grupo se encuentran de bien seguro cintas como Il divo (2008)Las consecuencias del amor (2004) y esta que presenta candidatura a película del año La gran belleza¿Que este ultimo filme recuerda al cine de Fellini? Estaríamos de acuerdo y, además, con el matiz de que, no recuerda necesariamente a La Dolce Vita sino, a todas esas secuencias oníricas de su obra. Pero también es cierto que supondría un error y una injusticia considerar a esta nueva obra italiana por debajo de la fílmica felliniana. Sería un fallo injusto porque Sorrentino filma con un estilo maravilloso y fascinante, tan bueno como el del maestro de maestros. En La Grande Bellezza, uno verá primero la película en sí misma. Y luego irá viendo en su propia mente otra película. Creo que ya nos explicamos.

Sorrentino filma, en los primeros minutos de cinta, una de las fiestas más logradas y extra-sensoriales que se recuerdan en la historia del cine. En todo ese meollo emocional podemos encontrar: -unos primeros planos hilados y finísimos para presentarnos la retahíla de personajes que, antaño fueron gloriosos y ahora meros «vips» nostálgicos desesperanzados; los compases del tema fiestero italiano por eternidad y antonomasia como es el Far l’Amore de la Carrà -re-adaptado a los tiempos gracias al remix de Bob Sinclar- y luego está Tony Servillo.  Este fantástico actor italiano- ya entrado en edad y como el vino añejo mejorando una y otra vez- nos brinda el papel del año 2013. Es difícil recordar un primer plano -y primero tanto en sentido técnico como cronólogico- de un actor, tan potente como para lograr la comunión y el entendimiento total con el espectador, en los cuatros segundos que dura ese rostro de hijoputismo elevado al cuadrado. Ese único gesto de Servillo invita al espectador primero a: la complicidad absoluta con el personaje de Jep Gambardella para el resto de las dos horas y pico de peli; y segundo, a anhelar -casi con enloquecimiento- traspasar la pantalla y situarse ahí, en medio del caos y jolgorio. Quizás, el primer plano de Orson Welles en El tercer hombre, posee también ese imán de fuerza para definir a un personaje aunque, bien es cierto que este no supone un papel tan protagonista como el de Servillo.

Sorrentino selecciona unos escenarios de belleza insultante y, esa misma belleza, la retroalimenta  con movimientos de cámara tan elegantes como imprevisibles. Y no solamente logra el encanto en la fiesta sino que, esa magia aparece en la gran mayoría de localizaciones de los 140 minutos de cinta.

La película es explícita en la manera de mostrar el «gasto del tiempo», de acuerdo; pero también de una sutilidad inconsciente y magnética de la que sólo te darás cuenta al final del filme. Ahí vas a ver muchas cosas pero, por encima de todo, verás el decaimiento de la esperanza ante la vida, la imposibilidad de dar con la gran belleza y, a la vez que, la exigencia personal se diluye con ese dejarse llevar que la vida a uno somete. Y todo ello regido por una actuación coral que ralla la perfección.

El que vaya al cine ahogado de problemas, jodido y con depresión porque se le ha muerto un familiar, le haya dejado la pareja  o se encuentre en plena crisis existencial, saldrá reforzado de él. Y al que le vaya todo fenomenal, tampoco le importará pasar estas dos horas y media de cinta porque, habrá tocado y sentido una nueva tecla más acertada ante la vida. La tecla acertada de La Gran Belleza.

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