100 METROS

Por Dani Arrébola

¡Corre los escombros y destapa el cielo!

Sirva este verso de la excelente No te rindas de Benedetti como título que en su frasco guarda toda una película llena de emociones, algo zigzagueantes sí, pero emociones al fin y al cabo perennes y verdaderas. 100 metros es el último largometraje del catalán Marcel Barrena, todo un polifacético cineasta que como una esponja ha demostrado verter todos los conocimientos adquiridos en la industria -sobre todo en el guión- y que llega de estrenos en nuestro país con el deseo de romper cualquier límite y paradigma impuesto, por ejemplo y el más acertado, poder ver a Dani Rovira luciendo en un registro con mucha metralla dramática en el cuerpo.

La historia adapta la hazaña real de Ramón Arroyo (Dani Rovira), un padre de familia treintañero que de repente se ve obligado a cambiar su existencia: es diagnosticado de esclerosis múltiple. Lejos de rendirse y anclarse en la advertencia médica de que es posible que sólo sea capaz de caminar cien metros o postrarse en una silla, Ramón se propondrá plantarle cara a la vida con la ayuda de su mujer Inma (Alexandra Jiménez) y su gruñón suegro (Karra Elejalde). ¿Y cuál es el reto que se plantea el protagonista? Pues «simplemente» completar un IronMan…casi nada para demostrar al mundo entero que no existen límites si cada uno sabe jugar sus cartas.

A través de un montaje in crescendo -que bebe de las mejores esencias de Rocky– Barrena consigue un film perdurable en el tiempo, rico en un ábano irregular pero sincero de emociones y dotado de inteligentes y precisas dosis de humor que son capaces de acercar la ya de por sí humanizada hazaña a la que Rovira, su familia y el espectador se enfrentan. A las generosas interpretaciones del trío protagonista (Alexandra Jiménez vuelve a brillar y demostrar por qué es una de las mejores actrices del panorama nacional), se unen unos secundarios inolvidables (excelentes Bergonzini, Ribas y Velencoso), y también el oxígeno y el dióxido que forman el binomio poder-no poder, es decir, apagarse en el más injusto de los infiernos o tocar con la mano y los ojos el cielo. Es cierto que no todo está en su sitio -el personaje de María de Medeiros chirría en su encaje lo mires por donde lo mires- pero es aún más cierto que en esta película hay voluntad e intensidad, dos ingredientes que eran indispensables para brindarnos a Ramón y a todo su universo…que se ve tan mareante y hermoso en las alturas.

100 metros es una película imprescindible para todos los públicos, cuyo obligado visionado más allá de mostrarnos que los límites se los pone cada uno a su medida, sirve para tatuarnos en la frente la frase «Qué tontos que somos», cuando somos capaces de convertir en problemones de Estado aquello que no son siquiera problemillas del día. Rovira en su rostro sufre y goza mientras corre los escombros y destapa el cielo y, de propina, nos inyecta un brutal guantazo de solidaridad y empatía, virtudes que el ser humano se empeña en esconder. Y, por supuesto, en los títulos de crédito amenizados con la excelente voz de Amaia Montero, uno advierte que se ha emocionado con una película preciosa…velozmente preciosa.

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