FESTIVAL DE CANNES: Jornadas 6 y 7
Por Dani Arrébola
¿Haneke? Bueeeeeeno…
¿Lanthimos? Buenooooo…
Han llegado de un plumazo las películas de Haneke y Lanthimos y por la Croissette se las ha recibido con la misma pasión con la que se compra en Cannes una baguette. Sirva la sutil diferencia en el alargue de vocales (e y o) del título de esta crónica para ilustrar los sentimientos que nos han dejado Happy End y The killing of a sacred deer, las películas a competición en sección oficial que nos han presentado Haneke y Lanthimos, dos cineastas de esos «eurovisivos», es decir festivaleros. No es que sus trabajos sean para nada desechables pero, sobre todo a Haneke, no le ha salido una tarta tan aguerrida e hiriente como las que nos tiene acostumbrados a preparar.
Los dos filman ejercicios de cine bien distintos y estilosos que acumulan palmas y premios por aquí y por acullá pero con una gran similitud que podemos cerciorar minutos y horas después de ver sus historias: ambos dejan poso y nutriente en nuestros cocos. El cineasta alemán nos presenta a los Laurent, una familia adinerada y afincada en Lorient donde iremos viéndoles en su rutina tan cotidiana como especial dentro de una monumental mansión. Cada uno de los Laurent mantiene una constante lucha reflexiva consigo mismo. Así Haneke por ejemplo nos muestra al abuelo de la casa viudo y con ganas de cambiar su estado a muerto, quien solicitará ayuda incluso a su peluquero para suicidarse; Isabelle Huppert encarna a una metódica y maquiavélica madame de la casa; el marido mantiene unos chats subidos de tono (carnal y espiritual) con una misteriosa señora… Haneke nos abanica con toda la ventolera de su cine pero en esta ocasión no hay viento mucho más allá para que nuestro oxígeno y agrado sea contundente. No sería Happy end (título que todo espectador sabrá decodificar de antemano como una gran y estilosa ironía), una de sus películas más redondas ni aquella con la que nos haya rasgado en la piel como nos tiene acostumbrados el doble ganador de Palma de oro en Cannes.
Confieso que The killing of a sacreed deer del griego Lanthimos me ha gustado algo más. Incluso me ha gustado más que aquella estilosa y divertida Langosta, su anterior película en una filmografía de un cineasta cada vez más internacional. Colin Farrell es un cirujano y Nicole Kidman su bella mujer. Ambos viven con sus manías, como por ejemplo acostarse en posiciones sexuales que simulan cirugías…(cosas lanthimiosas), y tratan de mantener a raya a sus dos hijos adolescentes. La cosa se pondrá muy fea cuando el cirujano reciba en su casa al hijo de un paciente cuya muerte puede estar relacionada directamente con la ebriedad en la sala de operaciones de un Colin Farrell que, huelga decirlo, le sienta más que bien la bata y la batuta de su acomplejado papel. Lanthimos progresa en su narrativa como nos tiene acostumbrados: a golpes sonoros de sinfonías clásicas, con toques de un humor más negro que el carbón y agitándonos en dos horas que se ven con gran interés y suspense pero a la vez con empujones y latidos descompasados, como los latidos del corazón que vemos en primer plano nada más arrancar el filme.
Y así va desarrollándose esta sección oficial, llena de grandes jugadores en el terreno de juego por los que en la mayoría de casos pagarías su entrada por ir a ver sus habilidades técnicas pero que no llegan en un cenit de forma por la Croissette. Interesante sí. ¿Novedosa? Exceptuando a Haynes y el retrato que Hazanavicius nos hace de un prepotente Godard, pues poca la verdad…
