LA VIDA DE ANNA
Por Dani Arrébola
La vida GeorgiAnna
No es que abunden en cartelera, ni tampoco las podemos contar con los dedos de la mano, las películas procedentes de Georgia, una cinematografía bastante alejada de nuestros «usos y costumbres». Es por eso que cuando llega un filme de esta ex-república soviética este porta de entrada un plus de interés del que sospechamos buen nutriente al exprimir su jugo: si una distribuidora nacional ha apostado por una película de una cinematografía que nadie apuesta…por algo será. No obstante, La vida de Anna, con sus virtudes y defectos, nos deja algo fríos, y no tanto por su drama social que narra con pulso y cierto brío sino por la escasa originalidad que exhibe en su planteamiento. ¿Recomendable? Bueno…no más allá de su público de autoría establecido que la disfrutará, y esa es la gran oportunidad que deja escapar esta película dirigida, escrita y fotografiada por la cineasta Nino Basilia, que será incapaz de rasgar y dejar poso en las pieles de las butacas más convencionales.
La historia nos presenta y como no podía ser menos, a Anna (Ekaterine Demetradze), una madre soltera de 32 años que (sobre) vive con su pequeño hijo autista limpiando casas y ganando lo justo y menos, bajo las duras condiciones impuestas por un estado precario, incapaz de ayudar sobre los engranajes de su burocracia a sus conciudadanos necesitados como nuestra protagonista. Es por ello que Anna decide emprender una nueva vida en América como última esperanza…sin sospechar apenas que el hecho de no tener visado para poder viajar se convertirá en una auténtica tortura de consecuencias trágicas.
La película sitúa de entrada al espectador en un perímetro dramático lo suficientemente interesante: tenemos la penuria de una mujer con todo en contra y la determinación de la misma por encarar su situación y reformularla, condenada prácticamente a ejercer sus acciones de una forma maquiavélica para lograr sus metas. El problema es que este perímetro no termina por ofrecernos las rendijas suficientes por las que respirar y tomar un oxígeno que pedirá a gritos el espectador tras numerosos planos secuencias en interiores y numerosos gritos en exteriores. No hay mala fe por parte de la directora en la forma de narrarnos esta vida de Anna que bien puede ser la vida GeorgiAnna, retrato de la debilidad de un país, pero sí hay cierta pereza a la hora de buscar una manera más estimulante para mostrarnos las penurias de la protagonista…y es ahí donde perderá el interés y la paciencia del espectador medio.
Es por eso que La vida de Anna podrá hacer disfrutar a un público bien alejado de los blockbusters y de los taquillazos con el que ya contaba, que será capaz de aplaudir sus destrezas pero que, por contra, este producto de Georgia le costará Dios y ayuda familiarizar al resto de público que ya de por sí necesita cierto abrigo y proximidad antes de apostar por la cinta. Que cada quien, como buena ley de leyes, decida.
