LA HISTORIA DE MARIE HEURTIN

Por Dani Arrébola

Cuando sólo te queda el tacto…y una actriz llamada Isabelle Carré

Tras abordar con suficiente sensibilidad y cierto éxito auténticos dramas familiares y angustiosos en sus películas, el francés Jean-Pierre Améris se ha granjeado con méritos propios, en sus siete películas que conforman su escueta pero eficaz obra, ciertos gramos de prestigio tanto para su receptivo público, como para aquellas empresas dispuestas a comprar y vender su mercancía y que en el país galo -todo sea dicho- se encuentran casi siempre vinculadas a la financiación pública. Con la delicadeza que le caracteriza, Améris logró armar su traje de prestigio y conmover a la crítica en el sustancioso y trascendental título de La Vida (2001), donde una magistral Sandrine Bonnaire deslumbraba en su papel de voluntaria para acompañar a enfermos terminales. Es posible que como las cosas no le salieron tan bien (sin ser una mala película), en su giro a la comedia con Tímidos anónimos (2010), el cineasta galo quiera recuperar ahora sus esencias filmando lo que va más allá de un drama en su absoluta crudeza y que apunta ya a su cinturón de narrativa severa en su título: La historia de Marie Heurtin.

Basada en hechos reales, la película nos cuenta la historia, a finales de siglo XIX, de la joven adolescente Marie (Ariana Rivoire): sorda, muda y ciega de nacimiento es entregada por sus padres a un asilo a cargo de religiosas y especialistas en hacerles la vida más fácil. En dicho claustro, la hermana Marguerite (Isabellé Carré), será la encargada por iniciativa propia de practicar lo que parece impracticable: intentar que la pobre y joven Marie logre comunicarse a través del tacto no sólo con los demás sino incluso con ella misma.

La fuerza de voluntad, la entereza (y desentereza), la fe absoluta en el ser humano, la empatía y la bondad, así como la comunicación como base absoluta no sólo de la relación humana sino con la propia naturaleza, configuran toda una amalgama de temas que emergen por el sosegado y tranquilo asilo pero, sobre todo, que estallan por los ojos de una Isabellé Carré que con su prodigiosa generosidad interpretativa resulta el auténtico alma de esta película. Cuesta de imaginarse a otra actriz cubriendo ese sacrificio que no sea esta voluntariosa pelirroja y, una vez descubres (sin destripar por aquí apenas nada de la trama) o, mejor dicho, disfrutas descubriendo, que esa ofrenda comunicativa no es en vano para la pobre Marie, es cuando uno se siente enteramente compungido, además de una deshabitada hormiguita perdida por el árido camino de una vida con ojos, con boca y con oídos en comparación a otra a la que sólo le queda el tacto para hacer ese verbo que todos damos por hecho y que más bien lo hacemos con acecho: comunicar.

Si la Carré está espléndida en cada gesto, y su «alumna» nos corta la respiración en su más que creíble oscuridad, es igual de honrado y directo el trabajo de Améris detrás de la cámara. El pulso del cineasta mantiene un acertado baile triste y frágil de planos abiertos que son recorridos (primero entre carreras de gritos de horror y más tarde entre pasos silenciosos de esperanza) por el cuerpo y carne despoblada de sentidos de Marie Heurtin y que, en casi todos, nos servimos para intentar acercarnos a sentir lo que debe ser ese oscuro horror de no ver, ni escuchar ni poder decir con la voz absolutamente nada. Los planos detalle sobre las armas comunicativas de Marie -que no son otros que sus manos y su rostro- están reservados a los cálidos interiores de habitación y comedor en los que Sor Marguerite (y que vivan por muchos años las monjas si la mayoría salen con este derroche caritativo) se desvive (y es literal), para que esa niña pueda matar los días en lugar de que los días la vayan matando a ella.

La historia de Marie Heurtin es un hachazo en pleno corazón de uno de los retratos más duros que jamás se pueden filmar, que noe s otro que la ausencia total de los sentidos más trascendentales para nuestra existencia. El espectador ha de tener bien claro esto último: la inclemencia de esta vida azarosa, porque de no ir mentalizado esta película puede dejarle a uno igual de chafado que a un pez en la carretera. Pero también, y diríamos que lo más importante, el espectador ha de saber también que lo que aquí construye Améris, y se deja ver más allá de lo explícito de cada plano, es que la superación de cada una de las dos protagonistas es todo un canto impermeable y vigoroso a la esperanza que aún podamos depositar en cada uno de nuestros compañeros de viaje: el ser humano.

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