NEBRASKA

Por Josemanuel Escribano 

Bruce Dern está nominado como Mejor Actor Principal en los Oscars 2014.

Dir.: Alexander Payne

Pro.: Albert Berger, Ron Yerxa Gui.: Bob Nelson

Int.: Bruce Dern, Will Forte, Stacy Keach

Alexander Payne cuenta en su curriculum como guionista con dos Oscar, por Entre copas (2004) y Los descendientes (2011), que también dirigió. Antes había hecho Ciudadana Ruth (1996) y las más celebradas Election (1999) y A propósito de Schmidt (2002). Payne no suele trabajar con primerísimas figuras –Nicholson y Clooney son la excepción-, pero sí con grandísimos intépretes. Para Nebraska, esta historia viajera y crepuscular, ha contado con el extraordinario Bruce Dern, que no por casualidad fue premiado con este papel en el último Festival de Cannes y es muy merecido candidato al Oscar de este año.

Dern es Woody Grant, un anciano borrachín y un tanto demenciado, que está obsesionado con escaparse de casa. En realidad, lo que pretende es llegar a Lincoln, Nebraska, para cobrar un billete supuestamente premiado con un millón de dólares; no hay quien lo convenza de que no se trata más que de un reclamo publicitario, y como no puede conducir, y su mujer no le da dinero para el billete, Woody aprovecha cualquier ocasión para echar a andar carretera adelante… hasta que la policía o su hijo David, alertado por la madre, le dan alcance.

Por fin, compadecido y a la vez resignado, David acepta acompañarlo en su aventura; y los dos emprenden el fatigoso y larguísimo viaje de 1.500 kilómetros entre Montana y Nebraska, desde casi la frontera con Canadá hasta el mismísimo corazón de la América más profunda. Padre e hijo saben que lo que hacen es un disparate, pero ninguno de los dos quiere reconocerlo: David solo aspira a cuidar del anciano, y más de una vez intentará que den media vuelta; y Woody reúne los últimos alientos que le quedan para seguir hacia delante, sin dejar un resquicio a la duda, al cansancio ni mucho menos a la derrota: el billete es suyo, el dinero es suyo y nada le impedirá hacer su voluntad.

Como en todos los grandes relatos de viajes, de La Odisea a Una historia verdadera, de David Lynch –a la que además se asemeja en su carácter declinante- lo importante no es la meta, sino el recorrido. Es improbable que el protagonista consiga su propósito, pero mientras lo intenta, el magnífico guion de Bob Nelson nos permite conocerlo; a él y a su entorno. Porque David y Woody harán una parada en el pueblo natal de este y allí aprovecharán para reunir a toda la familia: hermanos, cuñadas, sobrinos y algún que otro allegado, a los que se suman los amigos casi olvidados; todos llegan al olor del suculento premio, del que imprudentemente el anciano ha alardeado.

El viaje como argumento se le da bien a Alexander Payne, gran retratista de personajes y paisajes. Aquí utiliza una vigorosa y muy adecuada fotografía en blanco y negro que llena de matices de gris carreteras y caminos, campos polvorientos e interiores en claroscuro: la penumbra del bar y sus parroquianos, la calma somnolienta de la casa repleta de parientes; la noche en el pueblo y las figuras que escapan de la luz… Hay una oposición, que llega a ser cómica, de tan brutal, entre la sencillez y la tozuda ingenuidad de Woody, y la rancia y agresiva miseria –sobre todo moral- de las gentes del pueblo.

Pero no hay trazo grueso, sino delicadeza y naturalidad para mostrar el paso de la vida, la persistencia de la memoria –aun en el límite del olvido-, y el respeto por el pasado que no se conoce y el futuro que no se entiende. David descubre el cariño que tiene a su padre, por encima de las inquietudes cotidianas y del sentido común, y Woody reconoce en su hijo su propia sombra, su fuerza perdida, su herencia.

En Nebraska no encontramos los rutilantes viñedos californianos ni las cálidas playas hawaianas; es otra América, pero un idéntico canto a la vida, a las raíces, a la verdadera humanidad y al compromiso con uno mismo y con los demás. Y al amor, que no entiende de pueblos ni de edades. Ni mucho menos de dinero.

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