UN HOMBRE LLAMADO OVE

Por Dani Arrébola

Un Volvo contra un Saab o uno mismo contra la vida 

Sonó en los últimos días previos a la ceremonia de los Oscars como una de las contendientes más serias en la categoría de Habla No Inglesa, capaz de birlarle la estatuilla dorada a la favoritísima Toni Erdmann y que finalmente se llevó a casa Irán, gracias a Farhadi y a su película El viajante (y gracias también a un contexto trumposo propicio para otorgar ese premio). Al fin, Un hombre llamado Ove llega desde Suecia a nuestras salas en este arranque primaveral catalogada como comedia -no discutiremos en balde sobre la etiqueta que cada quien guste de imponer- a pesar de ser una profunda reflexión sobre ese sentido de la vida que tan bien entonaban los inimitables Monty Python.

Y con el aroma nórdico de ensimismamiento al servicio del arte existencial, el sueco Hannes Holm dirige y adapta la novela de Fredrik Backman que nos presenta a Ove (Rolf Lassgard y Filip Berg) como un cascarrabias a punto de entrar en los sesenta años y que vive amargado cada segundo de su existencia en una particular comunidad de vecinos en la que, las normas protocolarias que antaño impuso para el respeto compartido del vecindario, son ahora poco respetadas en el duro presente. Por ejemplo, Ove sacará todo su malhumorado carácter acumulado en el momento en que unos nuevos vecinos foráneos se instalen en la comunidad. ¿Será esta llegada el detonante final de este malhumor «irremediable» o podría convertirse en una nueva y última oportunidad para ver la vida con las nuevas gafas del optimismo?

Iremos respondiendo a la pregunta al mismo tiempo que iremos acompañando a un protagonista que conoceremos no sólo por sus protestas del presente sino por sus latidos del pasado. Es en esos flashbacks de los que podríamos decir que Holm abusa en tiempo pero justifica bastante bien, donde la película se duplica y nos cuenta una doble historia que aunada gana en su conjunto final. Y es que esta ¿comedia dramática? se duplica constantemente en su tablero de juego, proponiéndonos una reflexión dual de un existencialismo al que a los nórdicos tanto les gusta retorcer como se retuerce un caracol en su concha: ¿Conduces un Volvo o un Saab? ¿Me ayudas o me insultas? ¿Estoy enamorado o amargado? ¿Estás vivo o muerto? ¡Idiots! Nos suelta a todos en nuestra cara un tan creíble como generoso Rolf Lassgard, consciente de que todos somos capaces alguna vez en esta maldita vida de querer dejar de vivirla.

Es cierto que en los últimos tiempos el viejo cascarrabias se ha convertido en todo un subgénero del cine por méritos propios (sobre todo por méritos de Clint Eastwood y su Grand Torino), que en su escrutinio por cartelera a más de un espectador saciado puede hacerle decir basta; pero sería poco justo que dentro de este nuevo protagonista protestón no publicitemos los méritos y virtudes de Un hombre llamado Ove, sobre todo cuando la película es capaz de plantearte interrogantes tan ingenuos en su forma como complejos y sorprendentes en sus entrañas.

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