UNA SEMANA EN CÓRCEGA

Por Dani Arrébola

Por un amigo soy capaz hasta de…liarme con su hija

El realizador parisino Jean-François Richet ha sido el encargado de traer a la pantalla y dirigir 38 años después el remake de la película Un moment d’égarement, realizada por el fallecido Claude Berri. Con unos cuantos gramos llenos de acción en su filmografía, en la que destaca la exitosa Asalto al distrito 13 (2005), Richet estrena ahora en nuestro país esta Una semana en Córcega, que es su buen traducido título para nuestras salas pero que, más allá de sugerir una emergente y recuperada comedia, deja entrever poco de su chicha argumental -que bien que la tiene- sobre todo para aquellos espectadores más jóvenes o, siendo ya mayores, a aquellos que les cueste asociar a su memoria de qué iba ésto.

El propio Richet -con la colaboración de Lisa Azuelos- re-escribe el guión de Berri que, como bien podemos intuir, nos sitúa en un verano por los bellos y exclusivos parajes de la isla de Córcega. Por allí deciden pasar unos días de vacaciones, Laurent (Vincent Cassel) y Antoine (François Cluzet) dos amigos cuarentones recién divorciados (o a punto de ello) los cuales deciden llevarse a sus dos únicas hijas, Louna (Lola Le Lann) y Marie (Alice Isaaz), ambas en el limbo de la mayoría de edad. Todo irá bien hasta el momento en que Louna y Laurent comienzan una relación a escondidas que empezará a ser un excesivo y lógico secreto de carga para la convivencia de los cuatro…

Trichet logra un más que digno remake, un buen refrito de un argumento tan interesante como entretenido, tan poco ético como tentador y tan secreto como universal. El interés del filme va in crescendo, sobre todo dentro de esa vasta y rústica casa en la que, por encima de las discusiones por turno padre-hija, destacan los silencios…unos silencios y miradas que conforman los mejores cuadros de la película. Si ya en la versión pionera calaba hondo la trascendencia de la problemática, en este nuevo re-encuadre uno logra creerse el «marrón» al que se enfrentan no sólo la pareja que ha tenido ese desliz de pasión, sino también la hija de uno y el padre de la otra que, al fin y al cabo, que en sus roles pasivos también cuentan de ese «pringue».

Esa pasada de dos, tres y trescientos pueblos que plantea y plasma la película sobre la frontera moral del amor, el sexo y la amistad, está firmemente sujetada y acentúada a las mil maravillas por los cuatro grandes protagonistas de la película que aguantan y resisten sorprendentemente bien el tipo durante la hora y cuarenta cinco minutos de metraje. No sólo el veterano Vincent Cassel logra un digno apiado por parte del espectador -y quizá para alguno repulsión- de su rol víctima de un impulso desafortunado o, más bien, de haber caído derretido por el arsenal de encantos que presenta la joven y sensual Lola Le Gann,  que por mucho que deseemos frenar también logra que caigamos con ella a sus marañas existenciales y sufrimiento amoroso. Los que también sufren y saben transmitirlo son el amigo despistado e impetuoso en el que se encarna François Cluzet y la avispada hija Alice Isaaz que, a través de su ardiente y magnética mirada a la «pareja prohibida», nos exhibe con un notable alto qué significa padecer en silencio.

Una semana en Córcega es bastante más que la recuperación de una buena historia que ya funcionó hace cuarenta años y que debería volver a funcionar ahora; leyéndola con buena letra y sintiéndola como un suceso más propenso y real de lo que pueda parecer, esta película puede servir como un excelente manual de la culpa y redención y, sobre todo, de conocer y reconocer qué significa tener una hija y qué significa tener un amigo…un buen amigo.

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