EL LOBO DE WALL STREET

Por Josemanuel Escribano

Dir.: Martin Scorsese

Pro.: Martin Scorsese, Leonardo DiCaprio, Joey McFarland Gui.: Terence Winter

Int.: Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Margot Robbie

Martin Scorsese y Leonardo DiCaprio han hecho cinco películas juntos: Gangs of New York (2002), El aviador (2004), Infiltrados (2006), Shutter Island (2010) y esta nueva. Es una colaboración rentable: todas han rebasado los 200 millones de dólares de recaudación, y las dos últimas han rondado los 300. Por separado, naturalmente, los dos han hecho otras muchas películas: veintidós DiCaprio y otra veintena larga –documentales y televisión aparte- Scorsese. En la obra del director neoyorkino las hay de diversos géneros y unas son mejores que otras; pero no creo que haya ninguna mala y sí algunas obras maestras.

Si El lobo de Wall Street no lo es –una obra maestra-, se le acerca mucho. El argumento retrata la turbulenta vida de Jordan Belfort, un personaje que representa el ideal del “sueño americano”: un hombre hecho a sí mismo, que llegó desde la nada a la más alta cúspide del poder económico. Claro que este lo consiguió con malas artes y por el peor camino, sin ningún escrúpulo y sin detenerse ante nadie, sin más interés que su propio beneficio y su placer. Jordan era un joven que trataba de abrirse camino en la jungla de Nueva York; consiguió trabajo como corredor de bolsa y aprendió los tejemanejes del mercado del dinero con mucha rapidez. Tanta, que con poco más de veinte años fundó su propia empresa, en un taller abandonado, con una cartera de productos ínfimos y con un puñado de frikis como empleados. Y a los veintiséis era un hombre rico –se sentía frustrado si no ganaba un millón de dólares todos los meses- y su imperio económico parecía no tener límites; ni tampoco su tren de vida: una mansión espectacular, el coche más caro, un yate, las fiestas más disparatadas, mujeres deslumbrantes, ríos de alcohol… y drogas. Muchas drogas. 

Jonah Hill, está nominado como Mejor Actor Secundario.

La arrolladora energía que Belfort y sus compinches demostraban en el ejercicio de su actividad corre paralela a la de Scorsese y su equipo. La narración avanza sin sosiego pero sin altibajos: eso tan difícil de conseguir; y el mejor DiCaprio se multiplica para vivir las mil vidas del protagonista, con tiempo incluso para meterse por el objetivo e interpelar al espectador, por si se había distraído… como si eso fuera posible. Jordan se lo lleva todo por delante: disfruta, trabaja, bebe, ama, engaña, disfruta aun más y se mete en el cuerpo todo lo que le cabe. Hasta que ya no le cabe y es la vida la que se lo lleva por delante a él: la justicia, la traición y la caída; todo le llega de pronto, con la misma velocidad.

Se ha acusado a Scorsese de convertir en héroe a tan nefasto personaje. Nada más lejos de la realidad. Como en Uno de los nuestros, como en Casino –con las que el propio director establece paralelismos-, la historia habla de unas malas personas: gangsters o mafiosos bancarios, tanto da. Jordan Belfort es un cabrón con pintas toda la película, y la probabilidad de empatizar con sus fechorías es verdaderamente lejana; independientemente de que haya sido capaz, en la actualidad, de rentabilizarlas una vez más a través del cine. Pero lo que sí produce admiración es la factura impecable, brillantísima de la película: su ritmo, su fotografía, su ambientación detallista y, por supuesto, el trabajo de sus intérpretes. ¿Es posible que todo eso se mantenga durante tres horas, que pasan como un suspiro? Con Scorsese y DiCaprio, sí.

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