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FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN: CRÓNICA SENTIMENTAL Jornadas 4 y 5

Por Dani Arrébola

«Cales y arenas» 

Estaba muy preocupado porque creía que tras acabar el Festival de San Sebastián me iba a dejar de gustar el cine. Lo pensaba en serio. Me he ido tragando bodrios jornada tras jornada en una sección oficial con déficit de risas y, sobre todo, de nutrientes originales que me aporten algo nuevo a una retina a la que cada vez cuesta más de satisfacer. Por suerte, ya casi en el rush final de festival, el suero nutritivo al fin ha entrado como un chute cinéfilo en toda la aorta. La gran culpa de ello se la reparten a partes iguales dos cineastas: el mexicano Alfonso Cuarón y el gerundense Isaki Lacuesta. Por partes:

Tuiteaba mi amigo Oti Rodríguez Marchante que todo el mundo tiene dentro una película como la que ha filmado Cuarón pero, que a ver quién es capaz de sacársela. Y es que Roma el nombre de la colonia de Ciudad de México donde el cineasta se crió, es un batido de cine alto de voltaje que bebe directamente de los clásicos de Satyajit Ray y de la Amarcord de Fellini. Casi nada. Uno entra en un placentero estado hipnótico desde el primer segundo hasta el último de un hermoso metraje en un blanco y negro tan crudo como elegante. Hay que parar bien la oreja para no perderse aquellos vocablos tan exclusivos del dialecto mixteco pero pronto la atención del espectador se ve conquistada por esa peculiar familia que convive junto a sus criadas en la tensa México de la década de los 70. Es en cada detalle y susurro donde Cuarón nos roba el corazón mientras la cámara flota y se posa en una danza memorable por las entrañas y exteriores de esa peculiar familia. Y es cuando nosotros mismos flotamos y asistimos a las raíces de las inquietudes de un director que el paso del tiempo no hace más que agrandar su leyenda. La escena de un parto filmado con el corazón encogido y la de una playa con resonancia magnética, se quedarán grabadas en la retina del espectador por mucho tiempo. Quizá para siempre…

Y si Roma me reconciliaba con ese cine en el que creo y que me alegra la vida, Entre dos Aguas me ha conmovido como pocas veces recuerdo en mis seis donostiarras años de cobertura. Lacuesta rescata a Isra y Cheíto, los hermanos Gómez Romero, que nos presentó hace 26 años en su ópera prima La leyenda del tiempo. Aquellos chavales que sobrevivían como podían ahora siguen luchando por no desaparecer de una vida que a Isra le llevó a pasar 19 años entre barrotes,  tras ser condenado por contrabando. En plena isla de San Fernando y con ese deje de acento tan peculiar y a la vez sugestivo, sentiremos bien de cerca a los dos hermanos -en especial a Israel, que de propina se rebela como un sorprendente, espontáneo y hercúleo actor- quienes nos conquistarán a los pocos minutos de un reloj que te llevará a más de horas sellado como un imán en la butaca. Es todo un regalo en forma de bombona de oxígeno para un espectador que no sería nada raro que derrame unas cuantas lágrimas por el camino de ese paraje desolador en el presente y futuro de los hermanos gitanos. «Es lo único que sé hacer quillo… meter y sacar coca»… estalla Isra entre lágrimas y nosotros gritamos en silencio junto a él. Un desgarro demoledor.

De otras películas apenas puedo aportar ingredientes que a las mismas distribuidoras les sirva siquiera para hacerlas fuertes a la hora de estrenarlas. Le cahier noir me pareció un sketch de José Mota alargado cuando su intención era hacernos llorar… eso sí, doy gracias a su joven y guapa protagonista Lou de Laage por la simpatía que nos brindó en nuestra charla en el Hotel María Cristina. Red Joan, la peli que servía como excusa para traer a Judi Dench y otorgarle el Premio Donostia, se basa en una novela de espías pero se olvida de inmediato. Por más que uno lo intenta resulta imposible pillar el tranquillo al guion e interpretaciones, ni siquiera la de una Judi Dench incapaz de aupar la atención en los pocos minutos que nos saluda por la pantalla. Vision de Kawase está en su línea, esto es, sutil y poética y con creíbles actuaciones de Binoche y Nagase, pero en esta ocasión la cineasta nipona se queda sin sorpresa con la que asombrarnos por el camino. Y de la High Life de Claire Denis, en la que repite Binoche junto a un narcótico Robert Pattinson, no se me ocurre nada más que decir que espero que más allá del Sistema Solar, la cosa esté más divertida y accesible y que la gente no se lo tenga que montar con el «folladero» (literal) espacial para autosatisfacerse. Mi bostezo en esta nave duró del primer al último segundo. Quizá me consumió el agujero negro.

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