JUEGO DE TRONOS – TEMPORADA 7
Por Samuel Fonfría
Continúa el ascenso por la escalera del éxito
Llega el final de la séptima temporada de la serie de las series. Otra gran temporada de Juego de Tronos, que nos ha mantenido pegados al televisor cada fin de semana, como ya nos tiene acostumbrados HBO.
Desde el minuto uno del primer episodio ya se nos deja claro que esta temporada va a superar todas las expectativas que los seguidores tienen puestas en esta, y evidentemente, lo hace. La serie es puro espectáculo y esta última entrega no es diferente. La palabra espectáculo se nutre holísticamente de todos los aspectos de la serie. La trama de la temporada llega mucho más lejos de los esperado, sobre todo en el desarrollo de los personajes. Se destripan matices de estos que permiten al espectador saber lo que llegan a pensar los personajes solo con su comportamiento.
Sería un gran error decir que Juego de Tronos no es un buen producto de ficción, pero esta no es la clave de su éxito frente a las otras series de televisión. Lo que la mantiene en la cumbre es la impoluta capacidad de crear una trama tan densa y compleja, en la que se van relacionando todas las piezas de forma gradual. Provocando así, que esta sea una producción que despierta el afán de tantos seguidores por desenmascarar posibles teorías sobre el desenlace de la trama. Esto último pocas lo consiguen.
Durante el transcurso de las temporadas hemos ido preguntándonos quiénes son los buenos y quiénes no lo son. Al final, igual que en la realidad, los buenos no son tan buenos ni los malos tan malos, lo que condiciona a cada persona son las situaciones que debe afrontar cada día. Se podría estudiar perfectamente la serie como una radiografía de la vida actual. Esta es una de las mejores temporadas en las que todo está en su justa medida, menos el entretenimiento que rebosa por todos lados.
