LAS ALTAS PRESIONES

Por Dani Arrébola 

Un milagroso viaje lleno de empatía

«Cuando pienso en mi filmografía, no me obsesiono reflexionando en que la próxima película que he de hacer ha de ser más grande que la anterior. Quizá, si la siguiente es más pequeña ya me quedo satisfecho». Son palabras para Apetece Cine del director gallego Ángel Santos que ya muestran toda una carga significativa sobre su persona. Este joven realizador, nacido en 1977, es uno de esos cineastas que vuelan libre, que le gusta firmar como AST, que prefieren la palabra «arte» antes que «industria» y que no le importa plasmar en pantalla un cortometraje personalísimo como A (2002) para pasar a concebir una adaptación libre sobre un cuento de su adorado Chéjov (El cazador, 2008). También en su primer largometraje, Dos fragmentos/Eva (2012) dejó bien claro que lo que a él le importa son, sobre todo, las personas, más allá de la historia en sí y, seguramente por eso mismo, en esta película que ahora estrena, Las altas presiones, Santos vuelve a plasmar su profunda sensibilidad artística a través de una historia supeditada al comportamiento humano.

Con guión del propio Ángel Santos -con la ayuda de su colaborador Miguel Gil- la historia se articula en torno a Miguel (Andrés Gertrudix) un treinteañero que viaja de Madrid a su Pontevedra natal con el encargo desde una productora de buscar localizaciones para una película. Además del viaje físico, Miguel realizará todo un viaje emocional en la tierra donde creció…y se enamoró de Paula (Diana Gómez) que ahora es una joven estudiante de Bellas Artes. Una vez allí, el protagonista atiende a los sutiles pero reveladores cambios, no sólo de Paula, sino también de sus viejos amigos con los que se reencuentra como Juan. Quizás, porque el mismo también haya experimentado una emergente transformación en su manera de ver el mundo que le rodea, Miguel abre las puertas a una posible nueva relación: la que empieza a nacer con Alicia (Itsaso Arana), una joven enfermera que conseguirá limar sus frustraciones y renovarlo.

Ángel Santos logra que una película pequeña como ésta vaya haciéndose grande, no a un ritmo determinado ni establecido, sino al que cada espectador pueda ir aplicando a medida que las imágenes -más que la propia historia- avancen y converjan entre sí. Y es que uno puede sentir esa milagrosa sensación de asistir no a una ficción como tal, sino a un propio viaje rutinario, con sus cargas de inquietudes igual de monótonas como humanas, y, en definitiva, a un reflejo de esta «cosa» que experimentamos llamada vida, que la acción, sin órdenes ni instrucciones, logra meternos de lleno en nuestras entrañas. Es este perimetro vital, desarrollado aquí tal y como lo sentimos -esto es de forma desordenada y caótica o de forma divagatoria y errática- el gran acierto del filme, que se despreocupa por ofrecer un gancho narrativo en aras de ofrecer toda una empatía nutritiva con cada ser que lo consuma desde el primer plano.

Pero a este milagro vital que tan difícil es de lograr en el séptimo arte, (fracasaron en su intento muchos iluminados que intentaron deslizar por las tramas en lugar de punzar por la misma), también pertenecen el exquisito y acertado elenco capitaneado por un Andrés Gertrudix preciso, que sobresale no por su derroche interpretativo sino, precisamente, por ofrecer un derroche natural de prudencia o de decisiones errantes, con el que resulta fácil, no sólo identificarse, sino ofrecerle nuestro tronco y espalda para achucharle un buen abrazo. Esa ventura y gozo en la vida, esa búsqueda de auto-realización o ese miedo en el futuro combatido con una fe inusual en sí mismo y en el entorno que a uno rodea -que es básicamente de lo que te habla la película- también lo encontramos en el resto del reparto, enriquecido por una prometedora Diana Gómez (no creo que nos equivoquemos al pronosticar que más pronto que tarde veremos a esta joven de Igualada copando carteles como fémina protagonista en grandes producciones) y completado por los no menos imbuidos Juan Blanco e Itsaso Arana.

Las altas presiones es una película que va a gratificar a aquél público que entre en la sala a descubrir y contemplar en lugar de a comprobar y cerciorarse. Una película compuesta y alimentada por viajes físicos y emocionales que, si uno entra con la vara mínima de sensibilidad, será capaz de alimentarle también a sí mismo, de forma algo inexplicable y milagrosa. Si necesitas respirar y sentir o, mejor dicho, volver a recordar cómo respiramos y sentimos los humanos, esta es tu película.

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