L’ECUME DES JOURS (Mood Indigo) (LA ESPUMA DE LOS DÍAS)

Por Anita Pies Fríos 

En un mundo de cuento, algunas de las dolencias más comunes y terribles serían provocadas por la ingestión de un copo de nieve. Las mujeres más bonitas de Francia se reunirían en fiestas de cumpleaños de perros. Los hombres trabajarían solo cuando fuese estrictamente necesario, exigirían estar enamorados y reivindicarían su derecho a ser felices.

melies-raton-ecume-joursMichel Gondry es un director de fábulas modernas. Cuenta ya con 50 años y más de una docena de obras audiovisuales, y aunque en esta película abrace temas tan trascendentes como la enfermedad, la muerte o el trabajo, se niega renunciar a su particular visión del mundo. En el contexto actual, dónde cada vez más los objetos existen únicamente en el mundo de la pantalla por medio de los procesos prometeicos de postproducción (croma, CGI…); el cineasta mantiene unas inquietudes y procesos formales más propios del cine de los años veinte que del nuevo milenio. Usando su conocimiento de la puesta en escena adquirido principalmente en la publicidad y los videoclips, sustituye el efecto digital por mecanismos más tangibles y clásicos: juegos de perspectivas y arriesgados puntos de vista, uso del stop-motion, variaciones en la iluminación y la escenografía… Decía Edgar Morin en El cine o el hombre imaginario que “los grandes inventos – en el cine – han nacido del mundo de las “manías”, de los hobbies. No surgen de la gran empresa desarrollada, sino del laboratorio del iluminado solitario o del taller del hombre en sus múltiples oficios.” Es fácil imaginar a Gondry disfrutando en su estudio, rodeado de cachivaches, inventando nuevos trucos y recuperando algunos olvidados como los de Georges Méliès o Segundo de Chomón, aquellos sabios, prestidigitadores y por encima de todo artesanos que exploraron las posibilidades del nuevo medio y desarrollaron su capacidad expresiva en el frente de la fantasía.

blue_note_smLa primera mitad de L‘ecume des jours rebosa este tipo de magia: los timbres se desplazan como arañas por las paredes, los platos de manjares suculentos adquieren vida propia, el protagonista se las ve y se las desea para llegar a cualquier sitio por culpa de unos zapatos que ladran. El clásico argumento del boy meets girl se desarrolla rápidamente tras el primer contacto entre Colin (Romain Duris) y Chloe (Audrey Tautou) en un ambiente festivo y teñido de azul, un color que con toda seguridad no ha sido elegido al azar sino que remite a las blue notesdel jazz, aquellas que se ejecutaban en un tono ligeramente por debajo de la correspondiente nota de la escala mayor para obtener una cierta sonoridad dramática, y que dieron nombre a la más prolífica discográfica del género y sus reconocibles carátulas de vinilos legendarios. Y es que el nombre de la chica de la que va a enamorarse platónicamente Colin, como si se tratase de una predestinación, es el mismo que el de la canción de Duke Ellington  cuyo baile ha estado practicando con su sirviente Nicolas. La banda del pianista, presente a través de unas proyecciones, se encargará de tocar el tema en directo, y las piernas de los asistentes se estirarán como chicles en la pista de baile para adaptarse al vaivén de la música. El instante del flechazo bien merece esta actuación audiovisual de lujo y esta coreografía colectiva y sinuosa del “bizquéame”.

vlcsnap-2013-10-12-14h18m05s188vlcsnap-2013-10-12-14h18m24s136A partir de este momento, el protagonista masculino, inocente y soñador como el Stéphane de La ciencia del sueño, se transforma a menudo en un moderno Buster Keaton: dirige una nube mecánica, patina sobre pistas en scratches imposibles, participa en una carrera de coches de feria para llegar al altar. Todo lo que sea necesario para complacer a la dama. Entre tanta fisicidad y movimiento constante, resulta de agradecer un momento de pausa y un breve pero conmovedor diálogo que la reciente pareja mantiene tras el vuelo por París. Al salir de las vías subterráneas, después de una visión algo oscura y quizá premonitoria de unos pájaros enjaulados, ambos confrontan sus puntos de vista. La timidez y la inseguridad de él frente a la esperanza y el coraje de ella. El valor de Chloe deja a Colin sin palabras y por ello la obsequia con un beso repentino que a ella le parece corto. La espuma de los días debe ser esto: las cosquillas del enamoramiento ingenuo y chispeante en su fase primeriza, el convencimiento de que el futuro es un lugar excitante y cargado de posibilidades.

vlcsnap-2013-10-12-14h26m03s119vlcsnap-2013-10-12-14h26m16s252Pero los ritmos de la vida son imprevisibles como los del jazz y no todos los peligros se pueden sortear. Justo en el dulce momento de la luna de miel irrumpe lo trágico. Uno de los aciertos de la película es la manera en que Gondry representa formalmente la enfermedad de Chloe: la casa se marchita y oscurece poco a poco, el criado envejece, las flores que han de curar a la chica se secan sobre su pecho. La fantasía se esfuma paulatinamente y también el color y los artificios. Sin embargo, a mi parecer, forma y contenido mantenían una relación más coherente en Eternal Sunshine of the Spotless Mind, donde hasta el más mínimo detalle de la puesta en escena tenía un significado en relación al proceso del borrado de memoria de los protagonistas, donde la correspondencia entre recursos narrativos y estéticos era más poderosa. Por otra parte, allí, tal vez en parte por la ayuda de Charlie Kaufman en el guion, empatizábamos más con las emociones y motivaciones de los personajes, mientras que aquí su carácter no está desarrollado con tanta profundidad como quisierámos aunque los temas sí sean definitivamente trascendentales. Porque además de la enfermedad de Chloe se muestran en pantalla otras cuestiones siniestras como la búsqueda desesperada de un salario con el que pagar el tratamiento, que llevará a Colin a aceptar un trabajo miserable; o la obsesión de Chick con el escritor Jean-Sol Partre, al que acabará adorando enfermizamente por encima de todas las cosas, incluida Alise.

vlcsnap-2013-10-12-14h29m06s150vlcsnap-2013-10-12-14h29m19s36Y así, con un Colin sin fuerza y sin dinero y una pareja de amigos rota, llegamos al final en blanco y negro, mudo, desprovisto de florituras, liberado de todo truco. Quizá las personas que mecanografiaban a ritmo vertiginoso al principio de la película conocían ya el triste e inevitable desenlace de la misma. Tal vez Duke Ellington, el cual aparece de nuevo con los títulos de crédito, compuso la balada Fleurette Africane al frente de un pianococtel bebiendo y pensando en una mujer a la que también perdió. Él acompaña esta despedida de la amada, que se lleva con ella el hedonismo, el romanticismo y la capacidad de soñar.

Sus dibujos son la prueba de que hubo un tiempo en que los protagonistas se amaron y fueron felices.

El último acorde es triste. Y definitivamente azul.

Puntuación Ránking Apetece Cine: 7,0 

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