MI PANADERÍA EN BROOKLYN

Por Dani Arrébola

Medio croissant relleno de ñoñería 

El combinado de un reparto americano junto a rostros «nacionales» bien lozanos y parecidos (ya sea Blanca Suárez, ya sea Aitor Luna), es el arma con el que el cineasta madrileño Gustavo Ron estrena su tercera película justo cuando el calor emerge con fuerza en una cartelera…algo derretida. Mi panadería en Brooklyn es el título elegido para poner vida a una comedia más romanticona que romántica o, dicho de otro modo, a un croissant – o la mitad de éste- que más que chocolate se muestra relleno de ñoñería.

Francisco Zegers le echa una mano -o dos- a Gustavo Ron en la confección de una historia que presenta a dos primas: Vivien (Aimee Teegarden) y Chloe (Krysta Rodríguez), inseparables desde crías y con los sueños de cualquier joven con fuerzas en el cuerpo…y en el alma. Mas estos sueños se verán de inmediato en suspenso el día en que muere su querida tía Vivian (Linda Lavin), de la que heredarán la histórica panadería que regentaba y que el banco les obliga a cerrar a causa de una holgada deuda. ¿Se quedarán de brazos cruzados estas dos primas dinámicas e indomables? Pues no, porque con la ayuda de sus amigos Ian (Griffin Newman) y Daniela (Blanca Suárez), y de dos hombres que se cruzan por sus vidas, Fernando (Aitor Luna) y Paul (Ward Horton) intentarán encontrar la manera para que la masa, harina y dulce repostería del local sigan latiendo con el recuerdo de su tía.

Y no es que se le pueda reprochar el refinado gusto al realizador madrileño, que es capaz de exprimir los tres o cuatro decorados de los que se sirve en la historia con tal de darles vida propia. El problema de esta panadería no radica en su paisaje, ni en sus vestidos, ni siquiera en esas transiciones por capítulos que muestran los bocetos por los que va circulando una trama hinchada de azúcar más moreno que blanco…que para aquél que no esté muy habituado al mismo, es mucho más insípido que el blanco. Por más que se esfuercen los protagonistas -y sobre todo las protagonistas- los personajes con los que cargan no conectan en ningún momento con un espectador que llegará hastiado -y probablemente con el azúcar de la impaciencia por las nubes- a un final de la película en el que llegas a la firme conclusión de que en la panadería de la esquina de tu barrio ocurren sucesos más verosímiles y entretenidos que en este aparente local tan especial. Todo resulta enharinado entre falsedad, cursilería y repetición en un guión, en el que por escoger, escogeríamos únicamente el acento aspirado de una Blanca Suárez que, en esta ocasión y mal acostumbrados nosotros, no la pillamos jamás con las manos en la masa…

Mi panadería en Brooklyn es un intento fallido de mezclar acentos y bonachonerías y obtener en consecuencia una barra de pan quemada de diálogos  y situaciones para parvularios. Avisado está el pueblo, incluido aquél que se conforme y se acomode en su butaca con un trozo de pan…

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