SIEMPRE ALICE

Por Dani Arrébola

La memoria no nos puede borrar a  Julianne Moore

Con la que ahora estrenan, ya son cuatro las películas que han fructificado de la colaboración entre el estadounidense Richard Glatzer y el británico Wash Westmoreland. Ubicados dentro del llamado «cine independiente», la obra de este dueto de cineastas, se compone de dramas sociales, aparentemente pesimistas en su temática, pero casi siempre con un hilo de esperanza hacia un reclamado cambio en lo más profundo de su materia. Seguramente, el trabajo más logrado de ambos ( y también el más visto) sea el de Quinceañera (2006), que narraba las penurias a las que se veía sometida una adolescente latina de Los Ángeles, después de haber sido expulsada de casa por sus padres, una vez les comunica su embarazo. En Siempre Alice (o Still Alice en su título original), Glatzer y Westmoreland se atreven a tratar un tema tan horrible y común como la enfermedad del Alzheimer, en lo que es, sin duda, la película más ambiciosa de esta pareja de realizadores.

La historia, basada en la novela de Lisa Genova, abarca la enfermedad desde un prisma nada convencional: la víctima, de cincuenta años, es joven, demasiado joven para sufrir este mal. Alice (Julianne Moore) es una profesora que imparte clases de neurobiología en la prestigiosa Universidad de Columbia, casada y con tres hijos. Todo iba bien hasta el momento en el que empieza a tener pequeñas desubicaciones y pérdidas de memoria: la etapa inicial de un precoz Alzheimer se convierte en una amenaza real a la cual se deberá enfrontar con la ayuda de su familia y círculo más íntimo.

Siempre Alice te va golpeando con su pequeño martillo en cada escena y al terminarla querrás abrazar con todas tus fuerzas a Julianne Moore. Su actuación es de esas que, por mucho mal de Alzheimer que veamos expuesto, no se te olvidará jamás o, al menos, no debería borrarse en un lapso que incluya un buen puñado de años. La película te deja como un guiñapo, con un mal cuerpo compadecido de todo aquello que va discurriendo por esa mente lesionada de Alice. Sin embargo, en la misma cinta también advertirás y de inmediato, de la importancia y obligatoriedad de ver (al menos una vez) esta historia que abarca temas tan duros y tan cercanos como la impotencia, la vitalidad, el paso del tiempo, y el amor fraternal.

Si Julianne Moore está monstruosamente bien (debería llevarse la estatuilla de la Academia sin apenas debate), sus compañeros de viaje también destellan -con algo menos de intensidad- pero siempre ubicados a la perfección en sus casillas. Alec Baldwin resulta creíble como sacrificado y tierno esposo pero es Kristen Stewart, la hija menor de Alice, la que logra transmitir todo ese sendero de emociones airadas e incomprensibles que el mal de esta horrorosa enfermedad es capaz de delegar hacia las víctimas más cercanas del que la padece. Es precisamente el logro de las interpretaciones lo que acaba limando cualquier aspereza que el trabajo del dueto de realizadores haya dejado (y dejan) tras la cámara. Glatzer y Westmoreland merecen en este sentido un aprobado alto sin más medallas. Queda claro pues: Siempre Alice juega todos los ases a sus interpretaciones, por encima de cualquier osadía artística que hubiera podido empañar una historia tan eficaz como espantosa.

Siempre Alice debe ser un filme de visión obligada para todos si se mira, no con los ojos sufridores de un martirio psicológico, sino con aquellos reaccionarios de la exposición cruel a la que se ven sometidos los damnificados (que son siempre muchos) hacia un presente y un destino angustiosos . Desde esa forma divulgativa (sin olvidar el entretenimiento), es posible que la película logre activar chispas de conciencia para destinar recursos que, a largo plazo, puedan empezar a liquidar este horror llamado mal de Alzheimer. Y también, por qué no decirlo: Siempre Alice tiene que ser de visión obligada por otro solo y justificable motivo: Julianne Moore.

 Puntuación Ránking Apetece Cine: 6,6

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