Una Niña de Sébastien Lifshitz
Por Pau Sauri Soriano
Ella
La mirada perdida en la supuesta pared blanca, las lágrimas encarceladas en sus párpados y el rostro pintado de dolor. Con menos de una década a sus espaldas, Sasha se sienta con su madre y la doctora para hablar sobre su situación, es una niña dentro del cuerpo de un niño. Mientras su madre pregunta porqué le pasa eso a su hija, si es culpa suya, un plano fijo nos muestra como ella aguanta palabra tras palabra, no quiere herir a su madre, pero sufre. En el documental Una Niña, Sébastien Lifshitz nos presenta, precisamente, a una niña.

Sasha, la protagonista, forma parte de una familia compuesta por cuatro hermanos, un padre y una madre, la que, como casi siempre, lo mantiene todo unido. En casa todos suscriben las palabras, en este caso, del padre: “es mi hija y punto”. Es en la escuela, el primer espacio social al que debe enfrentarse una niña, donde no aceptan la situación y atacan tanto a la niña como a su madre, afirmando que ha sido ella quien le ha metido en la cabeza estos pensamientos y que pronto volverá a encarrilarse. El punto de vista del centro no se materializa en ningún momento en forma de entrevista, ya que no nos debe importar, lo único que vale es lo que vive y siente Sasha. Hay gente a la que no es necesario darle voz.
Desde el inicio Sébastian Lifshitz (Adolescentes, The invisible ones) plantea su largometraje de un modo muy íntimo, incluso incómodo. Nos adentramos en la habitación de una niña inmersa en su mundo interior, muy diferente al de otras, mientras se prueba diferentes prendas o, incluso, descarta esas que no le gustan. En ocasiones olvidamos estar viendo un documental, el realismo de la pieza nos nubla la mente. Lifshitz destaca, en este y otros trabajos, por su sinceridad y respeto al contar las historias, o más bien, dejar que las cuenten. Uno de los grandes logros del filme, para mí, es conseguir que la figura del entrevistador y la cámara desaparezca por completo, dejando así que la historia sea lo que es.
La fuerza y madurez de la protagonista y el apoyo de su familia logra dotar de cierto positivismo a la pieza. Sin embargo, me atrevería a afirmar que es una de las películas más duras que he visto desde hace tiempo. Ver a una niña de siete años aguantar los golpes de realidad para que su madre no sufra o romper a llorar cuando alguien se refiere a ella en femenino, es difícil de soportar. No obstante, más allá de compadecernos de Sasha, lo que debemos hacer es concienciarnos y tratar de cambiar todo eso que esté en nuestras manos, que es mucho, para que historias como la suya desaparezcan, ya que, como afirma su madre: “Sasha está destinada a sufrir y por mucho que luche, yo no podré hacer nada”.
