VIVIR DE NOCHE
Por Dani Arrébola y Laia Carra
Ben, encendiste demasiadas luces y solo hacía falta una vela
Cuarta película la que estrena detrás de la cámara el bueno de Ben Affleck y, una vez más, se pone también delante de la misma para protagonizar esta Vivir de noche en plena época de la ley seca. Sabemos de la calidad técnica y, sobre todo, intelecto que posee este actor-director a la hora de narrar sus historias (no es gratuito el Oscar logrado a la mejor producción por la excelente Argo) y, es precisamente por ello, que el listón de la exigencia con el mayor de los Affleck lo situamos muy alto. Tanto que en esta ocasión podemos avanzar que al saltarlo nos hemos llevado un pequeño traspiés de desilusión.
Affleck adapta la novela del prestigioso Dennis Lehane que nos lleva a la América de los famosos años 20, la de la emergencia de la mafia callejera que se hizo fuerte conviviendo y aprovechando la archi-conocida ley seca. En el Boston de ese contexto, nuestro protagonista interpreta a Joe Coughlin, un delincuente que actúa bajo las órdenes del frío e impecable Albert White (Robert Glenister) con un peligro añadido bien contado desde el principio: Coughlin vive un tormentoso, intenso y secreto romance con la prometida de White (Sienna Miller). Las balas estarán servidas a cada trago prohibido de un alcohol que se convertirá en el móvil y tesoro más preciado de los gángsteres.
No habría nada que reprocharle a Affleck en cuanto a la efectista, cuidada e irremplazable factura técnica en la que se viste el filme; pero quedarse en el tejido del mismo sería hacer un juicio demasiado vago y simplón para un género y una época que se ha tocado y retocado centenares de veces en pantalla. Es precisamente en este plus adicional que podríamos y deberíamos esperar, donde el cineasta californiano no termina de ofrecernos una idea nítida sobre aquello que es capaz de contarnos en las dos horas y poco de metraje: las balas y el alcohol zigzaguean en subtramas que se abren y cierran como una feria de atracciones con la maquinaria de siempre y que apenas logra emocionarnos. El deber, el amor, el desamor, la traición, la jerarquía o la esperanza en crear un futuro familiar alejado de la delincuencia, son temas que se ventilan en un abanico con poco pulso y fuerza en sus manos y con más confusión y ajetreo que ventisca y alma en su gesto.
Vivir de noche no es nada desechable pero es probablemente el título más flojo de un Ben Affleck que hasta ahora nos había demostrado una cabeza ágil y presta pero que, en esta ocasión, se le ha escurrido de la mente el buen material de partida de la novela de Lehane. En esas páginas sí se cierran con proteínas ricas en músculo y garra las tramas y caminos de sus bien construidos personajes. Pero al pasar las bombillas a la pantalla, el bueno de Ben ha encendido demasiadas luces cuando en su destilería de alcohol y amor particular le hubiera bastado con prender una elegante vela.
