WONDER
Por Samuel Fonfría
Si la vida fuera una película se titularía Wonder
Hace unas pocas semanas se estrenaba, discretamente, Wonder. Una película que se presentaba en la cartelera sin hacer mucho ruido, pero que poco a poco ha ido despertando un terremoto de sensaciones entre el público y la crítica. El film, dirigido por Stephen Chbosky, narra la historia de Auggie (Jacob Tremblay), un niño de 10 años que tiene un aspecto distinto a los demás niños por haber sido operado 27 veces al nacer con una deformidad facial. Auggie deberá enfrentarse a su primer contacto con el colegio y todo lo que eso conlleva.
Ver Wonder es una delicia en todos los sentidos. El guion está trabajado profundamente y desarrolla la historia desde diversos puntos de vista favoreciendo la riqueza de esta. Así, también, consigue que el espectador empatice más con todos los personajes que aparecen en la trama. Durante todo el film pasan muchas cosas, hay numerosos conflictos afrontados de forma magistral. Realmente, no sobra ni un solo segundo de los 113 minutos de duración. Cuando las ganas de crear arte se sobreponen frente a las de hacer dinero se transparentan en la pantalla y esta película es un claro ejemplo de ello.
El film no juega con sensiblería barata para llegar al espectador. Todo lo contrario, hay tanta verdad a lo largo del metraje que el público conectará plenamente con la historia. La naturalidad empapa por completo la trama y será capaz de robar un puñado de sonrisas y lágrimas. La cinta es muy precisa a la hora de presentar unos temas y tratarlos a lo largo del metraje, no intenta abarcar más de lo que debe. En cuanto a la interpretación, todos cumplen a las mil maravillas, pero Julia Roberts se sale completando una interpretación profunda y veraz.
Wonder es sin duda una de las películas del año que nadie debería perderse. Es una experiencia que enseña tanto a adultos como a jóvenes sin extraviarse por el camino. Una sobredosis de emociones y espectáculo que todos deberíamos sufrir este año, una lección de vida.
