LOCKE

Por Dani Arrébola 

Interés a 100 km por hora

Suele ser algo arriesgado y lo cierto es que tan sólo algún genio del séptimo arte como Hitchcock lo ha sabido resolver al nivel de obra maestra. Colocar a un único personaje en un solo escenario supone, ya de entrada, para el espectador todo un reto que forzosamente ha de aceptar. Y lo cierto es que en los últimos años son varios los cineastas que han decidido apostar por este reto, saliendo unos más vivos que otros: el más reciente sería el naufragio por el océano Índico al que J.C. Chandor impone a Robert Redford en Cuando todo está perdido, aunque seguramente el que más rápido venga a la cabeza sea el martirio claustrofóbico que sufrió el protagonista de Buried (Enterrado) y que plasmó de forma excelente Rodrigo Cortés. En esta ocasión, desde el cine británico Steven Knight nos propone un similar juego con tres elementos: un hombre aparentemente cualquiera, un aparato de manos-libres y un coche.

Tom Hardy da vida a este Iván Locke, personaje cuya importancia vital viene certificada por asignación del apellido en el propio título del filme. Con las manos al volante desde el primer plano hasta el último, vamos desvelando su vida a la vez que sus tormentos son reflejados en el retrovisor. Por ejemplo, pronto deducimos que es un tenaz y ambicioso empresario de la obra, concretamente, un capataz con la responsabilidad de gestionar más de un centenar de camiones de cemento. También -y siempre a través de las teclas del manos libres- nos percatamos rápido de su sana vida familiar, con una mujer y dos pequeños esperando su llegada con la perspectiva entusiasta correspondiente a un hogar en aparente armonía.

Pero es a partir de una llamada -la cual no desvelaremos -cuando realmente y pese a llevar ya algunos kilómetros rodados en la autopista, arranca esta película. Un aviso que obligará al solemne protagonista a conducir desde Brimingham hasta las afueras de Londres y que cambiará absolutamente todos los planes trascendentales que este señor Locke tenía depositados, tanto en el trabajo como en la familia.

El resultado consigue mantener un interés que pervive en una atmósfera única y oscura y que en ocasiones es capaz de combinar un extraño miedo junto a un efecto relajante para el espectador. Estamos ante una película que incluso el espectador podría ver en su mente con los ojos cerrados. Tom Hardy en su soliloquio con el teléfono y con las manos al volante realiza un auténtico tour de force interpretativo y su credibilidad en el rostro logra conectar en cada plano con el espectador.

Locke es una buena opción en cartelera para todos aquellos que busquen explorar y empatizar con distintas formas de monólogos visuales. Y también -por qué no decirlo- la película puede ser un gran regalo para combatir un día lleno de hedor hogareño y de ajetreo estridente.

Puntuación Ránking Apetece Cine: 5,9 

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