LA ISLA MÍNIMA
Por Dani Arrébola
Ejemplar, mayúscula y perfecta angustia en todos los sentidos
Revisando la filmografía del director sevillano Alberto Rodríguez adviertes que no hay ninguna película que presente flojera artística, ninguna que no sea buena e interesante. Con filmes de cine quinqui como 7 Vírgenes (2005) ya demostró sus potenciales maneras con la cámara y con ese mismo número de la suerte esta vez como título del vibrante thriller Grupo 7 (2012) confirmó su salto en bomba al ring de los púgiles cineastas de nuestro cine que propinan puños inyectados de chorros de calidad. Con La Isla Mínima concursando antes de su estreno en la Sección Oficial de San Sebastián, Rodríguez certifica que es, probablemente, a día de hoy, el cineasta más en forma de España.
El argumento no es nuevo pero sí es nítido: en la España inmediata a la muerte de Franco, Juan y Pedro (Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo), son dos policías destinados a un pueblo de las marismas con tal de investigar la desaparición de dos chicas adolescentes. Y a partir de ahí, poco más a desvelar sin destripar sorpresas, más allá de que veremos por un lado los distintos hábitos e impulsos de los dos policías y por otro, el combate de estos ante los habitantes de un pueblo que se resiste a desanclarse de la moral adquirida y arraigada en tiempos pasados.
Alto y claro: estamos ante una película ejemplar en todos los sentidos. A pesar de que Alberto Rodríguez se empeña en decir en todas y cada una de sus entrevistas que su película terminó antes del rodaje de la exitosa serie de la HBO, todos los textos escritos sobre La Isla Mínima la comparan, justa e injustamente porque es inevitable no hacerlo, con True Detective. Pues, ¡Bendita coincidencia! La trama trata un asunto que todos hemos visto en el cine, pero esa terrible desaparición de dos mozas es contada a diferencia del 90% de películas de su misma especie, de una manera modélica y con un patrón unitario que recuerda al cine negro de los dorados 40, el de Wilder, Preminger o Lang. Rodríguez nos dispone en pantalla todo un tablero ejemplar de cuadros y encuadres cenitales para geo-localizarnos en las marismas del Guadalquivir, de ritmo y tensión narrativa, de movimientos de cámara que a uno le perturban con facilidad, de dirección de unos actores ejemplares y de creación de una atmósfera propia en esa España profunda post-franquista -y todo ello desde el minuto uno-. Cuando uno quiere darse cuenta, ya está sumergido e inmiscuido en las entrañas de ese pueblo del sur perteneciente a la periodísticamente conocida como «España Negra», donde no te fías ni del perro de la panadera y donde hueles el sudor y la sangre por cada rincón y frente.
No sabría encontrarle peros a esta cocción, cualquier impureza que pudiera colarse no se encuentra por ningún lado en este magistral ejercicio de suspense. Quizás lo único a lamentar sea que uno se quede con ganas de más tras esa hora y tres cuartos chutadas como un suspiro. A esto último también ayuda una pareja protagonista complementada a la perfección, justa y equilibrada, rebosantes de credibilidad, sobre todo un Javier Gutiérrez excelso, y es que tiene mérito que este actor sin medidas hercúleas para hacer de poli duro, alcohólico y con maneras de Harry El Sucio, acabe produciendo tanto miedo y fidelidad tras la pantalla. Un actor, por cierto, que hasta ahora sólo le recordaba en pasajes televisivos como Los Serrano o Águila Roja, donde no podía desplegar ni sospechar todo su potencial interpretativo. A ellos se les suman secundarios de lujo en sus escuetas pero espléndidas interpretaciones donde encontramos al seguro de vida Antonio de la Torre, al nuevo «Paul Newman» español, Jesús Castro (al que aún le queda largo margen de mejora), y a una actriz gallega llamada Nerea Barros, que desconocía hasta el momento pero que ofrece bajo su rostro una intranquilidad que perturba.
Y ante toda esta exhibición desplegada en pantalla, me pregunto: ¿Por qué la Academia le ha hecho este feo a Rodríguez y ha pasado por completo de colocar a su cinta entre la terna de pre-candidatas a los Oscar que, por otro lado, es un largometraje superior a El Niño, 10.000 km y Vivir es Fácil...? Empiezo a sospechar ante tal sacrilegio, lo que no tenía ganas de sospechar: que aquellos que dirigen nuestra industria no saben de cine. La Isla Mínima es de lo mejor que verá este año. No se la pierda.
Puntuación Ránking Apetece Cine: 7.6
