LA MUERTE DE LUIS XIV
Por Dani Arrébola
Adieu Sire…Bienvenue mort
Albert Serra sería -probablemente- nuestro artista nacional al que mejor le sentaría el abrigo de la etiqueta sui generis. Sin riesgo y sin la torpeza de etiquetar obras y autores, lo que a estas alturas resulta innegable es que en la corta pero intensa filmografía de Serra, encontramos un cine de difícil acceso y deglución por parte del gran público pero de una gran destreza técnica e inspirativa. Por el ADN archi-exclusivo de Serra, ha circulado la sangre fresca y original de su visión quijotesca (Honor de cavalleria, (2006)), la del peregrinaje de Sus Majestades los Reyes de Oriente (El canto de los pájaros (2008)) y, ahora y llena de laureles internacionales, nos brinda la sangre gangrenada más real y absolutista: la de La muerte de Luis XIV.
El célebre actor Jean-Pierre Léaud, se pone en la piel -y en las piernas- del monarca con más años de reinado y poder de todo el viejo continente. En sus 65 años con la corona a cuestas, Luis XIV, el monarca absolutista y el Sire por antonomasia, fue saliendo con envidiable energía de las distintas calamidades que su cuerpo le ha ido azotando por el camino. No obstante, lo que tras un largo viaje y regreso a Versalles parece otro dolor más en la pierna izquierda, se va convirtiendo poco a poco en el ocaso y putrefacción de un Rey Sol, quejumbroso y tan mortal como la vida misma.
A través de un guión modelado por el propio Serra y su colaborador Thierry Lounas, el film transpira entre las escasas rendijas de luz que solamente -y de forma gradual- van apareciendo entre esa animada y poderosa habitación. La hipnosis visual está presente en la tez de un excelente y soberbio Léaud, capaz de transmitirnos toda la sequedad de su lengua y el profundo dolor de su cada vez más pútrida pierna. Y mientras asistimos en silencio al ocaso de un Rey y de una forma de Estado, el film deja cierto terreno a a la fe ciega, a la fuerza complementaria del poder y sumisión, a la duda (personificada en el personaje del sospecho elixir) y esperanza y, también claro está, al deber. En todo este campo temático, la película se nutre a través de una paleta contemplativa y precisa, de colores tan bellos como abismales, de colores -en definitiva- Reales.
La muerte de Luis XIV tiene motivos suficientes para ser coronada con la oportunidad en cartelera. Uno de ellos, sin lugar a dudas, es el trabajo de Jean-Pierre Léaud, un actor mítico y entregado en carne viva a sus mudanzas de pieles; y otro buen porque de respuesta, es la inteligencia de Albert Serra -un director provocador- en contarnos cada aliento pre-muerte con sustancia y cada deglución de esa bizcotela real con sobrecogimiento. Es por todo eso que las últimas palabras debieran ser aquello de: Adieu Sire…Bienvenue mort.
